9/04/2006

¿El principio del fin? por Malú Kikuchi

1941, Londres, Gran Bretaña, termina la Batalla de Inglaterra con la evidente derrota del, hasta entonces invencible, III Reich. Meses antes Alemania había iniciado una implacable serie de ataques aéreos sobre Inglaterra como paso previo a la ocupación de la isla. La Luftwaffe contaba con 2.670 aviones, en su mayoría Messerschmitt, Sturka y Junker.


La Royal Air Force tenía 650 aviones Spitfire y Hurricane. Inglaterra y Londres en particular, durante meses, soportaron los ataques. Parecía imposible desde todo punto de vista que Gran Bretaña pudiera repeler la invasión. Pero lo hizo. Y cuando los ataques cesaron, Winston Churchill, Primer Ministro, dirigiéndose a su pueblo, dijo: “Nunca tantos le han debido tanto a tan pocos (refiriéndose a los pilotos de la R.A.F.), ha comenzado el principio del fin”. Así fue. Le llevaría a Gran Bretaña y a sus Aliados 4 años más derrotar a Hitler, pero el primer paso se había dado.



Jueves 31 de agosto 2006, Buenos Aires, Argentina. Desde el momento en que el Ingeniero Juan Carlos Blumberg convocó a una marcha en la Plaza de Mayo ante el Poder Ejecutivo, el Presidente de la Nación se dejó aconsejar mal. La lógica política indicaba que de no poder evitarse la marcha, y era obvio que no se podía, había que sumársele. Hasta ese momento el Ingeniero tenía una fluida relación con el Presidente.


Entonces, el Presidente, aduciendo su respeto por la división de Poderes tendría que haber acompañado a Blumberg, de a pie, con una vela en la mano, como un ciudadano más, pidiendo que los Poderes Legislativo y Judicial implementaran lo necesario para pulverizar la inseguridad. Y Blumberg hubiera pasado a un segundo plano y hasta los más acérrimos adversarios del Presidente lo hubieran aplaudido. Eso hubiera hecho un político hábil, un político que no se deja llevar por sus emociones, un político que piensa antes de actuar.



Al contrario, el Presidente no encontró nada mejor que tratar de atemorizar a la gente. Amenazó con una contramarcha liderada por el indescriptible Luis D´Elía, jefe de las fuerzas de choque que responden al Ejecutivo. Cumplió su amenaza. No vale la pena después de sucedido, comentar un acto triste, grosero, donde muy pocos de los pocos que asistieron sabían porqué estaban ahí.



Sobre un escenario demasiado grande (que impedía el paso por la Diagonal Norte hacia la Plaza) para la escasa concurrencia, muchos funcionarios funcionales al Gobierno al que pertenecen, avalaban quién los mandaba. No pudieron sumar ni a las Madres, ni a las Abuelas, a pesar de ser subvencionadas por el Gobierno. El Premio Nóbel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel se sintió estafado en su buena fe (¿¿??) y se retiró para no participar con D´Elía, del acto.



Un papelón infinito cuyo costo político se prolongará en el tiempo.


Algunas comparaciones entre las dos marchas, sólo para confirmar que el artículo 16 de la Constitución Nacional – “todos los habitantes son iguales ante la ley”-, ha sido borrado de la misma. La marcha de Blumberg necesitó 3 semanas para conseguir todos los permisos y garantías gubernamentales, a la de Pérez Esquivel y/o D´Elía, le sobraron 12 horas. A los asistentes a la marcha de Blumberg se les pedía estacionar sobre las avenidas Belgrano e Independencia, lejos de la Plaza.



A los de D´Elía se les permitió estacionar los ómnibus sobre la 9 de Julio. A la marcha de Blumberg se le establecieron rutas para llegar a la Plaza, a la contramarcha se le abrió la ciudad. A la marcha de Blumberg la gente fue por sus propios medios, sin incentivos materiales de ningún tipo. A la de D´Elía se los llevó como si fueran ganado.


Desde el Gobierno se permitió, a través de los medios afines, que se creara un clima de miedo para que las personas no fueran a la Plaza. Se hizo correr el rumor que desde el obelisco, en un movimiento de tenaza, las huestes K marcharían sobre la Plaza con capuchas y palos y la Policía tendría orden de no actuar. Se orquestó una campaña donde el miedo era el arma de disuasión más poderosa. Y a pesar de todo, la gente fue a la Plaza. Y fuimos muchos. Muchísimos. Ciudadanos asumidos como tales.


En la marcha de Blumberg primó el respeto en todas sus formas, empezando por la pluralidad religiosa, la mesura de los discursos, la ubicación de los políticos conocidos que no se subieron al escenario y pasaron desapercibidos. En la Plaza, el protagonismo lo tuvo el dolor y el reclamo por la seguridad.



En la contramarcha el insulto soez, la falta de argumentos y el disparate, fueron la constante. Ciudadanos versus habitantes. Ciudadanos con miedo que no permitieron que el miedo los encerrara en sus casas. Habitantes arrastrados por unos pesos y por miedo a perder un plan o un pequeño empleo. La Plaza desbordó de ciudadanos ordenados y pacíficos; el obelisco tuvo escasos habitantes desconcertados que nunca entendieron porqué ni para qué los llevaron.



En la Plaza de Mayo, que es de Blumberg y de D´Elía, de Macri y de las Abuelas, de Patti y de las Madres, y de Kirchner y de Alfonsin y de Lavagna, y de los militares, en la Plaza que es de todos, la Nación Argentina renació. Contrastando con una Casa Rosada totalmente a oscuras, la Plaza brilló con las velas encendidas como símbolo de vida. Con el magnífico discurso del Rabino Bergman, la Plaza vibró.



La Plaza conmovida cantó con Diego Torres “sacarse los miedos afuera y pintarse la cara color esperanza”. Blumberg dijo lo que los ciudadanos sabían que diría y esperaban oír. Y se cantó el himno, ese himno que nos representa, el himno que habla de libertad y de gloria. Y no fueron aquellas palabras aprendidas en la infancia y que se repiten sin pensar en el significado de las mismas, las palabras volvieron a tener sentido, el sentido de la Patria. Y hubo emoción, y ganas, y la sensación de que todavía todo es posible.


De pronto, venciendo los miedos, asumiendo su rol de ciudadanos, miles de argentinos, sorprendidos ante su propia, terca y heroica presencia multitudinaria, a pesar de todo, supieron que las encuestas no siempre reflejan la verdad. Y si la reflejan, pueden cambiar. Y creció la esperanza de poder torcer un destino electoral que hasta el jueves pasado parecía inmodificable. La Plaza nos ha dejado la fuerza de sabernos muchos, la maravillosa sensación de volver a sentir el orgullo de ser Argentinos y la certeza de que pueden atemorizarnos pero no pueden manejarnos con el miedo.



Falta mucho. Hay que ver quién y cómo se capitaliza el monumental éxito de la Plaza, que es nuestro éxito, el de los ciudadanos de a pie. Hay que ver cómo reacciona el Gobierno que todavía no ha dado señales al respecto. Hay que ver qué hacen desde el Ejecutivo con personajes como D´Elía y Alejandro Slokar. Falta mucho y todo es muy difícil. Tienen la caja y el infinito poder que da la caja. Pero, a partir del jueves pasado, saben y sabemos, que también hay ciudadanos a los que no se puede comprar, ni aterrorizar. Falta mucho y el camino es arduo. Pero quizás, desde el jueves 31 de agosto de 2006, haya comenzado el principio del fin.



De nosotros depende.


P.D.: Gracias a la Policía Federal cuyo comportamiento fue impecable.


Gentileza de www.lacajadepandoraonline.com para NOTIAR

1 Comments:

At 4:08 p. m., Anonymous Anónimo said...

Excelente su cometario. No falta ni sobra nada. Gracias!!
Josefina Casá

 

Publicar un comentario

<< Home