6/06/2006

El Peru y los días finales del Castrochavismo, por Manuel Malaver

Se subraya más allá de lo ponderable que la irrupción de Hugo Chávez en la política latinoamericana hace 13 años significó la recuperación de una izquierda que, después de la caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, agonizaba clamando porque juicios piadosos no fueran tan severos a la hora de juzgar su corto, pero pavoroso paso por el poder.

Tesis que podría aceptarse, pero insistiendo también en su contraria: que paralelamente al risorgimento del populismo, el autoritarismo y la revolución corre parejo un sacudón entre los militantes de la democracia, entre todas las fuerzas que inapropiadamente unos llaman “derecha” y otros “contrarrevolución”, que como en ningún otro momento de la historia latinoamericana reciente han decidido jugársela por el desarrollo en libertad, paz, democracia y estado de derecho y luchan por no dejar de pasar a quienes, huyendo del horror que provocaron con 70 años de fracaso comunista, intenta repetir el fiasco como si se trata de “su” primera vez.

De modo que dos propuestas, programas, tesis o sistemas vuelven a disputarse el predominio de la política, la economía y la cultura latinoamericanas: una, la populista o revolucionaria que ha gobernado durante los últimos 55 años, y desde los tiempos de Juan Domingo Perón, aplicó todas las variantes de sus recetas, las que van del estatismo light, benigno y variable, al feroz, extremo y totalitario de Fidel Castro; y la otra, la democrática liberal, constitucionalista e incluyente que desde el “Consenso de Washington” lucha por establecerse con suerte varia y es responsable de los éxitos económicos de México, Centroamérica, Colombia, Perú y Chile.

En frente el panorama desolador de una Cuba cuya ruina y postración no es exagerado comparar a una “catástrofe humanitaria”; Venezuela y Bolivia que corren a desplazarla del primer lugar en índices de pobreza, inflación, marginalidad, desinversión e injusticias sociales; Ecuador que se descose entre un colectivismo rancio, vetusto y demodé y una sociedad civil que ve alarmada cómo el futuro del país se le va de las manos; Uruguay y Paraguay que dan pasos ciertos para incorporarse a la globalidad; y dos gigantes perdidos, ciegos, cojos y tartamudos, Brasil y Argentina que aun no se deciden por la modernización de sus políticas y economías, ven cómo Rusia, China e India se les escapan de grupo (el llamado BRIC) y pueden perder no “otra década”, sino “otro siglo”.

¿Puede de todas maneras haber dudas de que antes de terminar la primera década de los 2000 la mayoría de los países de América latina, encabezados por México, Brasil y Argentina, serán miembros plenos de la sociedad global, plural e inclusiva, tendrán economías abiertas y de mercado, sistemas políticos democráticos, parlamentarios y de estado de derecho, y que en vez de desgastarse en simplezas ideológicas que encontraron su razón de ser en los conflictos de los siglos XIX y XX, se planteen los auténticos retos del desarrollo, la revolución científica y tecnológica, el combate contra la pobreza, la violencia, la desigualdad y las injusticias sociales?

¿Puede dudarse que ya para entonces Castro (si aun vive) y Chávez y Morales (si aun sobreviven) serán secuelas de una amenaza cierta, pero frustrada, vociferante pero sin audiencia y solo digna de recordar por lo que tuvo de audaz, mesiánica, voluntarista y pintoresca?

Lo que me refuerza en estas preguntas y sus respuestas es lo que pasa mientras escribo este artículo en Perú, donde todas las encuestas dan como ganador a Alán García en las elecciones presidenciales del domingo; y que más allá de lo que ocurra en las urnas dado que el realismo mágico latinoamericano da para todo, el país de los incas es ahora una democracia en ejercicio, activa y envolvente que en ningún sentido permitirá que las conquistas e instituciones democráticas después de décadas de lucha contra el populismo, el militarismo y el autoritarismo, les sean arrebatadas.

Pero también las dificultades que encuentran Andrés Manuel López Obrador en México, y Daniel Ortega en Nicaragua, con excelentes opciones en las elecciones presidenciales de sus respectivos países, pero rodando hacia perspectivas ciertas de derrota según los votantes los han percibidos como aliados de los que ahora se conocen como “Los tres tristes tigres”.

Pero es que igualmente los líderes de la izquierda moderada de Brasil y Argentina, los presidentes Lula da Silva y Néstor Kirchner, revisan espantados y en el ánimo de modificar, la alianza que por 3 años mantuvieron con Castro y Chávez, según han caído en cuenta que no se trata de “reformadores” interesados en imprimirle otra dinámica a las luchas sociales del subcontinente, de tenderle la manos a los excluidos, a los que más sufren y son más vulnerables, sino de dos obcecados fundamentalistas totalitarios que juegan con trampa por la integración de los países del sur, cuando su verdadero interés es que el utopismo stalinista, el que no termina de expirar bajo los escombros del muro de Berlín y el imperio soviético, regrese con sus desafueros.

Quedó demostrado en la emboscada de la nacionalización del gas boliviano, que no es que no estuviera pautada en la constitución de ese país, ni fuera una promesa electoral de Morales, sino que fue acelerada desde La Habana y llevada a cabo violando la promesa de consultar a los países con intereses en las empresas nacionalizadas (Brasil, Argentina y España), para hacer más vulnerables a los dos primeros de la dependencia energética del gas altiplánico.

Y por esa vía convertirlos en títeres, en cautivos energéticos del eje La Habana, Caracas, La Paz, puesto que sin gas de Bolivia y Venezuela resulta cuesta arriba que se planteen desatar el nudo que les representa un déficit gasífero que día a día tiende a agigantarse.

Como si no fuera cierto que la solución es crecer económicamente, con el impulso de las inversiones extranjeras y la creación de más y más empresas, de más y más empleos y exportaciones que suministren los recursos para procurarse un bien caro, por lo coyunturalmente escaso.

Y jamás dependiendo de hermanos estatistas, colectivistas y autoritarios que sacrifican lo que sea al espejismo de la revolución mundial.

Únicamente que en la emboscada de la nacionalización del gas boliviano, como en muchas otras jugadas, les salió el tiro por la culata a “Los tres tristes tigres”, pues resultó claro para las administraciones lulista y kirchnerista el riesgo a que se exponían cruzando la calle con unos fanáticos fundamentalistas y maquiavelistas que pueden decidir en cualquier momento sacrificar los aliados porque los dioses revolucionarios están sedientos de sangre.

El resultado es que el ingreso de la Venezuela chavista al MERCOSUR y el rol que Chávez se había autoasignado en un presunto relanzamiento de la unión del Sur, está hoy siendo tomado con pinzas, con una distancia profiláctica que en poco tiempo la convertirá en pamplinas, en otro acto fallido.

Igual la fantasía del gasoducto del sur, tomado como una posibilidad por Brasil y Argentina dada la urgencia de fortalecer su posición en las discusiones por la nacionalización y los nuevos precios del gas boliviano, pero desechado en cuanto se ha visto que no es más que otro artilugio del dúo Castro-Chávez para anestesiar a quienes juzgan imprescindibles para el futuro y vigencia del neopopulismo.

De modo que tienen razón el exministro de Economía argentino, Roberto Lavagna, cuando al hacer recientemente un balance de los aciertos y errores de la administración Kirchner anotó entre los segundos “la influencia excesiva de Chávez”; y el analista, Alejandro Taglavini, quien escribía el viernes en un artículo en “Urgente-24 Horas”:

“Ya se comienza a ver el principio del fin de Chávez debido a que está incomodando y enfureciendo a casi todos sus colegas latinoamericanos. Nuestros políticos suelen olvidar lo que es el autoritarismo. Al contrario del pacífico mercado, donde el precio funciona como árbitro voluntario de los intereses del comprador y el vendedor, el estatismo es la imposición coactiva de los intereses del estado, sin respetar los intereses de los ciudadanos”.

Únicamente que no es “el comienzo del principio del fin”, sino “el final del principio del fin”, ya que después de la toma bárbara de Bolivia por el castrochavismo, y luego de la reacciones de Lula, Kirchner y de los electorados de México, Nicaragua y Perú es indiscutible que ya puede hablarse del neopulismo como de una excrecencia del pasado.

1 Comments:

At 4:04 p. m., Anonymous Anónimo said...

exselente

 

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