6/02/2006

Chávez y Bush comercian como buenos amigos, por Manuel Malaver

No pasa un día sin que voces autorizadas de América y Europa se pregunten por qué si el presidente Chávez piensa que Estados Unidos es el país enemigo común a derrotar, la fuente de todos los males que perturban y empobrecen a la humanidad, el nombre, el espacio y el tiempo que sintetizan la causa de todo cuanto hay que odiar, combatir y destruir, no procede a poner fin al jugoso comercio bilateral entre Venezuela y EEUU, al intercambio económico que por lo menos en el último siglo representó el 50 por ciento del total de las exportaciones venezolanas, y ahora, en plena revolución bolivariana, algunos economistas sostienen pasa del 60 y otros del 70 por ciento.

Y eso en circunstancias que, dada la crisis energética, y siendo Venezuela un proveedor no importante, pero sí estimable que envía 1.500.000 b/d de petróleo al mercado estadounidense (el 15 por ciento del total de las exportaciones), con sólo una orden del comandante en jefe, una señal para cerrar el grifo, no digamos que cae el poder del imperio norteamericano, pero sí que pasa un mes, y quién sabe si hasta medio año, angustiado y confundido en la búsqueda de un nuevo y seguro proveedor.
Tarea que de repente resulta fácil, pero también se puede complicar, ya que aparte de tener un efecto inmediato e impredecible en los precios, presionaría sobre una producción de crudos exhausta por la demanda asiática, la especulación con papeles de los fondos de cobertura y la precaria situación de las refinerías.
O sea, que ni pintada la ocasión para que el héroe de tantas batallas, el predicador de Mar de Plata, el guerrero de Puerto Iguazú, La Paz y El Chapare, el Malku de Tiwanacu diera un paso al frente, pase el ejemplo a los productores mundiales de crudo y desde alguna de las grandes alturas de Los Andes -quien sabe si desde El Chimborazo, El Illimani, o El Aconcagua- celebre y aplauda viendo cómo los abominables gringos, los odiados yankis, los detestables anglosajones, se retuercen clamando por una gota más de petróleo.
Pero nada, que eso no es para un héroe que se reserva para un nuevo Paso de Los Andes, el cruce del Darién y la selva húmeda centroamericana y así vengar las afrentas infligidas a los nativos de América durante 500 años, para recorrer el continente de punta a punta, arengar a sus pueblos y formar un ejército que, a su conjuro e imperio, derrotará a los gringos en algún lugar de la geografía terráquea.

Digamos que el trabajo pequeño, el de rutina, el burocrático, el comercial, Chávez se lo asigna a los jefes pequeños, rutinarios, burocráticos y comerciales como Uribe, Toledo, Palacios, Kirchner y Lula; ciudadanos que deben, unos, romper los acuerdos de libre comercio que firmaron con los Estados Unidos; y otros, cuidarse de firmarlos, ya que de otra manera, este Rey Caribe, o Inca Imperator, les negará el ingreso a la jerarquía o priorato donde sólo reinan él, Castro y Evo Morales.
Y entretanto el comercio bilateral de Venezuela con Estados Unidos rueda a altísimas velocidades, navega viento en popa y es asombro de economistas, entrepeneur y hombres de negocios que ven cómo tras cada insulto de Chávez a Bush aumentan en uno o varios dígitos el tráfico de los buques tanqueros entre Maracaibo, Miami, La Guaira, Nueva Orleáns, Puerto Cabello, Houston, Guanta y Nueva York.
Una maravilla que se tradujo el año pasado en ingresos para la revolución chavista de 33.000 millones de dólares, a un promedio de 45 dólares por barril; y este año, en el 2006, cuando el barril ronda los 55 dólares, en ingresos de 45.000 millones de dólares.
De modo que tiene razón, Edmond Saade, presidente de la Cámara Venezolana Americana de Comercio, Venamcham, cuando le declaró a la periodista, Mariela León, de El Universal, el lunes pasado que “Entre Venezuela y Estados Unidos existe un TLC real”.
O sea, una relación comercial fluida, dinámica, caliente, ventajosísima para las partes y que nadie criticaría, sino fuera porque Chávez condena, insulta y descalifica a todo el que hace o pretende hacer lo mismo.
Paradoja que es también una brutal hipocresía y una ingenuidad sin parangón en la historia que se propone destruir un enemigo, pero después de dejarle exhaustos los bolsillos, de arruinarlo a punta de aprovechar su prosperidad económica.